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En 1931, la población de Poughkeepsie, en Nueva York,
se encontraba sumida en una situación similar a la
del resto de Estados Unidos... hundida en lo más
profundo de la Gran Depresión.
Había una gran inestabilidad laboral y los estafadores
estaban a la orden del día.
Fue en estas circunstancias cuando el arquitecto Alfred
Mosher Butts, residente en Poughkeepsie, perdió su trabajo
y decidió explorar su pasión por los juegos y las palabras.
A Butts, hombre tranquilo y apacible, no le gustaban los
juegos con dados, porque en ellos todo dependía de la suerte.
Pero por el otro lado, opinaba que los juegos que requerían
muchas habilidades -como el ajedrez- resultaban demasiado
intelectuales para el público en general.
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